Pocas personas tienen idea acerca de lo que es la ceguera. La vida sin luz, ser privado de los colores y las formas es algo que va más allá de nuestra imaginación. Tenemos imágenes de personas ciegas como los veteranos de guerra, que han cuestionado su fe y se apoyan en la simpatía de los otros. Nuestras impresiones más fuertes son de naturaleza visual. Únicamente la vista parece garantizarnos el acceso al mundo, imágenes que cambian con cada parpadeo y rápidas visiones de nuestro alrededor. Los monitores representan una era visual, los colores reinan, y nosotros estamos pensando, hablando y soñando en imágenes, insaciables, hasta que nuestros ojos revientan. La belleza es aquello que puede ser visto. Si la retina no reacciona, las impresiones se desvanecen y no podemos integrarlas a nuestra construcción del mundo.

En nuestro lenguaje, la ceguera tiene una connotación negativa. Estamos “ciegamente” corriendo hacia el desastre, del que estamos tratando de huir con una “furia ciega”; fuimos “golpeados por la ceguera” si no captamos lo obvio, y tampoco somos muy inteligentes si creemos en alguien “ciegamente”. La ceguera es utilizada como sinónimo de lo erróneo, la desorientación e ignorancia.

Sin embargo, confrontarse con la ceguera en la vida cotidiana y convivir con gente ciega todo el tiempo y en todo lugar, se convierte en algo absurdo. Ser ciego ciertamente significa exclusión de muchas cosas en una sociedad en la que todo está enfocado en lo visual.

No obstante, esto no necesariamente significa desesperación o incluso infelicidad, porque la falta de visión se compensa por otra manera de “ver”, por la cual la vida cotidiana asume una cualidad diferente, es decir, una de naturaleza no visual. Las cosas son bellas no sólo porque se ven bellas. De pronto, las características no visuales son interesantes y comprenden los aspectos básicos para nuestro entendimiento y disfrute. La superficie de una copa, las cualidades estructurales de una serie de huellas, los ruidos y aromas de un bar, las diferentes maneras en que experimentamos el viento en una ciudad –todo eso se vuelve importante y sirve para enriquecer nuestra percepción. Qué paradójico: aprender a “ver” de nuevo por medio de no-ver.

A raíz de esta tensión, nace Diálogo en la oscuridad, una exhibición que trata de tomar como punto de partida las ideas y percepciones no visuales de las personas ciegas, para poder descubrir lo que no vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Diálogo en la oscuridad no es, necesariamente, una exhibición extraordinaria. Es más bien una plataforma para la comunicación y un intercambio cercano entre diferentes culturas, la cual provoca un cambio en las perspectivas de manera que podamos experimentar cosas nuevas sin sentir que nos están obligando a hacerlo.

El concepto de Diálogo en la oscuridad ha sido exhibido en 14 países europeos, así como en América y Japón. Ha tenido más de 4 millones de visitantes. Las personas ciegas guían a los visitantes a través de diferentes cuartos. En este lugar, mucha gente ciega y parcialmente ciega abrirá los ojos de los visitantes hacia la oscuridad para mostrarles que su mundo no es más pobre, sino diferente.

Autor: Andreas Heinecke

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